La leyenda negra de la mantis religiosa

El nombre de mantis religiosa le ha sido dado a este insecto por la postura que adopta en sus patas anteriores en disposición de rezo, pero a pesar de que su sustantivo evoca espiritualidad, la leyenda negra persigue a este animal cuyas hembras devoran a sus amantes tras la cópula y cuya feroz fisonomía no invita precisamente a la devoción.

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Una mantis religiosa posada sobre una flor, en el Parque de Hidaka, cerca de Tokio. Franck Robichon

Para Eduardo Galante, catedrático de Zoología en la Universidad de Alicante, presidente de la Asociación Española de Entomología y director del Museo de Biodiversidad de Ibi (Alicante), a pesar de la mala fama de la mantis religiosa y de la leyenda negra que arrastra, este insecto es depredador y si devora a los machos con los que copula es para que sus huevos lleguen al final con éxito.

El comportamiento de las mantis religiosas “no es una leyenda negra; son depredadores, animales que se alimentan cazando, incluso dentro del mismo grupo”.

“A parte de la mantis religiosa hay más de 2 mil 400 de su misma especie y de distintos tamaños; la mayoría comen insectos y algunas llegan a comer pequeñas aves, como colibrís o pequeños reptiles. Su instinto depredador tiene su origen en sus genes”, explica el zoólogo.

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Una mantis religiosa devora una mosca debajo de una hoja en Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Nic Bothma

Las cabezas de sus amantes, ricas en proteínas

Sus patas delanteras, que mantienen recogidas ante la cabeza, se han desarrollado “para realizar más fácilmente esta función depredadora, extendiéndolas en el momento de apresar a su víctima e inmovilizar al animal mediante las filas dentadas de espinas, bajo las cuales resulta imposible moverse, y terminan sucumbiendo ante las mantis”.

Las mantis machos suelen morir a mordiscos por las hembras tras la copulación y lo hacen por la necesidad que éstas tienen para ser alimentadas con las proteínas que contienen las cabezas de sus fugaces amantes, con el fin de desarrollar los huevos y realizar con éxito el momento de la puesta.

Según Galante, “las mantis, como cualquier otro animal depredador, tienen unas pautas genéticas desarrolladas por evolución a la hora de acercarse el macho a la hembra”.

“En el ritual de este apareamiento, los machos emiten unas señales o realizan danzas alrededor de la hembra. Dentro del grupo de las mantis, incluso hay algunos machos que tienen impresas en sus alas posteriores manchas de colores vistosos y, al abrirlas delante de la hembra, se convierten en una señal para ser reconocido por ellas”.

La hembra reconoce siempre que es un animal de su especie lo que tiene delante, por estas pautas de comportamiento y sus colores que están destinados a apaciguar el instinto devorador de la hembra para poderse acercar para copular, pero, aun así, en la mayor parte de los casos termina siendo devorado, aunque eso también ocurre en otros grupos de insectos o entre algunos tipos de arañas.

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Un cuidador del Zoo de Londres posa con una mantis religiosa ante la prensa. Facundo Arrizabalaga

Un tiempo limitado para copular

El investigador insiste en que “no es porque sea macho por lo que la hembra lo mata sino que, en el momento que ha copulado, acto que puede durar dos horas, el macho deja de tener su función y si éste no se separa dentro de un tiempo prudente sino que permanece más rato, lo devora como lo con cualquier otra presa”. Por lo que no es aconsejable que se quede dormido encima de la hembra tras la faena.

Los colores de las mantis suelen variar entre el verde o pajizo, dependiendo del lugar donde viva, para poder camuflarse fácilmente y asaltar a sus presas de improviso. “A nivel mundial -continúa el zoólogo - hay más de 2 mil especies y su tamaño puede variar entre 6 u 8 centímetros en las zonas templadas como Europa, aunque en zonas tropicales como las que hay en Latinoamérica éstas suelen tener un mayor tamaño”.

“La razón del mayor número de mantis en Latinoamérica es que allí hay una alta biodiversidad, más bosques y muchos hábitats donde poder vivir y refugiarse”, y también más presas con las que saciar su apetito devorador. Por eso, parece que han evolucionado más y han aparecido más especies.

Rapidez y precisión para la caza

Pero todas ellas se caracterizan por su gran capacidad para la captura de sus víctimas, por su rapidez y precisión, debido a una visión casi telescópica formada por dos ojos compuestos y tres sencillos.

“Los ojos compuestos tienen la capacidad de ver imágenes y colores. Los tres ojos sencillos distinguen entre la luz y la oscuridad. Los ojos sencillos están colocados en forma de triángulo entre las antenas. Los ojos compuestos tienen numerosas unidades y esas unidades concentran la visión”, añade Galante.

Cuando dirigen la vista hacia un sitio, inmediatamente el cerebro procesa a través de esos sensores que tiene para saber dónde está la presa y la distancia a la que se encuentra para alargar las patas anteriores y capturarla.

El profesor argumenta que “tal es la rapidez con la que capturan a su víctima que el ojo humano no puede seguir este movimiento. Sin embargo, no son buenos voladores sino más bien planeadores y donde viven se desplazan muy poco y siempre en distancias cortas”.

La mantis no perjudica al ser humano

A pesar de la mala fama de la mantis religiosa y de su fiero aspecto, este animal “no perjudica ni al ser humano ni a los cultivos. No tiene veneno ni provoca mordeduras, tampoco transmite ninguna enfermedad. Si algo hace es positivo porque beneficia a la agricultura controlando las plagas de insectos, que son su base alimenticia”, argumenta el profesor Galante.

Pero la mantis religiosa entra dentro de lo que se ha dado en llamar el apocalipsis de los insectos, puesto que su tasa de extinción es incluso ocho veces superior a la de las aves o los reptiles. Varias son las causas de su desaparición, los cambios ambientales y de temperaturas, así como los insecticidas que hacen desaparecer a sus presas.

“Evitar esta situación pasa por la conservación de los hábitats, conservar el sitio donde viven, las plantas, el terreno y, al mismo tiempo, conservar también el conjunto de la comunidad de insectos de los que ellas se alimentan. Por lo tanto, es una labor de conjunto”, concluye el catedrático Eduardo Galante.

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