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El consumo personal excesivo tiene consecuencias globales serias

El consumo personal excesivo tiene consecuencias globales serias

El colapso ecológico y la desigualdad económica se encuentran entre los mayores retos globales contemporáneos, y ambas cuestiones están completamente entrelazadas y lo han estado a lo largo de la historia de las distintas civilizaciones.

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Dubái, Emiratos Árabes Unidos
Dubái, Emiratos Árabes Unidos. Ravi Kumar

El cambio climático es un problema global. Pero su origen no lo es tanto, porque no todos contribuimos por igual: los países que más sufren los impactos del cambio climático son, precisamente, los que menos han contribuido a que se produzca.

El problema no es solo que estos países –y también los sectores más pobres dentro de los países ricos– no puedan hacer frente a estos impactos. Mientras 195 países del mundo han firmado el Acuerdo de París, y mientras las Naciones Unidas, el IPCC y la Unión Europea hablan de emergencia climática, no podemos obviar que los que acumulan más riqueza son también los principales emisores de gases de efecto invernadero.

Existe un eufemismo aceptado para referirse a esta situación: el consumo personal excesivo. Y es esencial abordarlo.

El 10% más rico es responsable de la mitad de las emisiones

Las cifras hablan por sí solas. Un reciente estudio sacó a relucir que las personas ricas dejan una huella de carbono desproporcionadamente grande, y que el porcentaje de las emisiones mundiales de las que son responsables va en aumento.

En 2010, el 10% de los hogares más pudientes emitía el 34% del dióxido de carbono mundial, mientras que el 50% de la población mundial con ingresos más bajos sólo representaba el 15%. En 2015 la situación empeoró: el 10% más rico era responsable del 49% de las emisiones, mientras que la mitad más pobre de la población mundial producía el 7%. Parece evidente que reducir la huella de carbono de los más ricos podría ser la forma más rápida de llegar al cero neto. Es decir, recortar las emisiones de gases de efecto invernadero hasta dejarlas lo más cerca posible de emisiones nulas.

El problema es que abordar el consumo personal excesivo es algo que no está en el centro de la agenda de los gobiernos, ni de los principales responsables políticos. Esto es una mala noticia para el planeta y para nuestras expectativas de llegar algún día a cero emisiones. Por eso Greenpeace y Oxfan impusieron en el debate electoral público el tema de los superricos en 2022, año de elecciones en Francia.

Aunque los hogares más ricos son más eficientes desde el punto de vista energético, también son más grandes y suponen más espacio que calentar. Además, los que tienen más recursos económicos poseen y utilizan más artículos de lujo y accesorios intensos en cuanto a consumo energético. Para los consumidores más ricos es mucho más fácil absorber estos aumentos de los costes sin cambiar su comportamiento.

Otro ejemplo: en la mayoría de los países, antes de la pandemia de covid-19, la mitad de las emisiones de la aviación de pasajeros estaban relacionadas con el 1% de las personas que volaban más a menudo.

La desatención política a estos grandes consumidores de recursos es una “oportunidad perdida” para abordar la desigualdad y las oportunidades de reducción de las emisiones de carbono.

La desigualdad económica nos sale ambientalmente carísima

No es solo una cuestión ética. La desigualdad económica nos sale ambientalmente carísima. Millward-Hopkins ha calculado que, en términos energéticos, supone el doble de consumo que una sociedad igualitaria.

El colapso ecológico y la desigualdad económica se encuentran entre los mayores retos globales contemporáneos, y ambas cuestiones están completamente entrelazadas y lo han estado a lo largo de la historia de las distintas civilizaciones.

Sin embargo, la economía mundial sigue avanzando hacia la crisis ecológica y las desigualdades continúan siendo mucho mayores de lo que los ciudadanos consideran justo. Los costes energéticos de la desigualdad son mucho más significativos que los de la cantidad de población. Incluso los más moderados niveles de desigualdad que la ciudadanía considera aceptables aumentan la energía necesaria para proporcionar una vida digna universal en un 40%.

En ese grado de desigualdad tolerada socialmente, un 1% mundial superrico consume tanta energía como la que se necesitaría para proporcionar una vida digna a 1,700 millones de personas. Mitigar el cambio climático con celeridad requiere cambios sociales profundos que reduzcan las desigualdades económicas.

Impuesto climático para los megarricos

Los esfuerzos para recortar las emisiones de carbono suelen centrarse en los más pobres del mundo, abordando temas como la seguridad alimentaria y energética, y el aumento del potencial de emisiones derivado del crecimiento previsto de la población, los ingresos y el consumo.

Sin embargo, se necesitan más políticas dirigidas a las personas que se encuentran en el extremo opuesto de la escala social: los superricos. Los países avanzan en esta dirección, pero dado lo espinoso de apuntar a las clases influyentes, los progresos van muy lentos. El Ministerio de Transición Ecológica de España está proponiendo a Bruselas que las personas con un patrimonio superior a los 100 millones de euros paguen un “impuesto climático” que permita al país hacer frente en mejores condiciones al cambio climático .

Si los megarricos pagaran un impuesto climático de aproximadamente un 2% de su fortuna, se recaudarían globalmente unos 300,000 millones contra el cambio climático. La medida cuenta con el respaldo de la ciencia y es uno de los aspectos que España quiere someter a consideración durante su inminente presidencia de la Unión Europea.

Entre tanto, el laboratorio de la desigualdad mundial no se contenta con apelar a la ética. Apela desde el conocimiento científico a la épica ante el principal desafío que ha enfrentado jamás a la humanidad: el cambio climático y el modelo socioeconómico que lo ha generado.

The Conversation


Fernando Valladares, Profesor de Investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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